El Emplazamiento

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El emplazamiento, condicionante del diseño urbano.

 Al examinar la topografía del valle se ha insistido en el hecho del emplazamiento de Lanestosa como el único posible. En efecto, el fondo llano del valle alcanza la máxima amplitud a la altura del paraje de La Mies Grande, allí donde el Calera describe la curva más amplia de su recorrido. A partir de este punto, la reducción de la anchura del fondo del valle será progresiva, tanto hacia el norte como hacia el sur, cerrándose notablemente en esta última dirección en El Pontón. De este a oeste, los límites del casco urbano vienen marcados por el río, relativamente encajado en los aluviones cuaternarios, y el inicio del monte que le separa de Soba.

 El primitivo núcleo de Lanestosa, a juzgar por los restos medievales que subsisten, debió consistir en una sola calle que arrancando de las proximidades del puente de los Atrancos se dirigiera hacia el emplazamiento actual de la iglesia continuando posible­mente por la calle Real. El alineamiento de las fachadas y su misma orientación inducen a ubicaren esta área la primitiva Lanestosa, si bien la ausencia de testimonios suficientes impiden cualquier aseveración concluyente.

 Habrá que esperar a comienzos del siglo XIX para conocer con una cierta exactitud la distribución del hábitat en la villa. En efecto, un plano de 1804 confeccionado con motivo de una petición para la adscripción a Lanestosa de las laderas vertientes al río Calera y correspondientes al Valle de Soba muestra un casco urbano desorganizado, con un poblamiento de tipología casal y reducido a la calle Ribera y un pequeño agrupa­miento de edificios en torno a la calle Fuente y arranque de las calles Correo, Huertas y Arena, así como otros desperdigados en el sector norte del actual casco. Pero la ausen­cia de alineaciones definidas impiden considerar a Lanestosa como espacio de hábitat racionalmente organizado.

 El desarrollo de la trama urbana ha tenido que efectuarse siguiendo la dirección norte-sur, la única posible y capaz de garantizar unas ciertas posibilidades de crecimiento del área edificada. Y así ha debido suceder sin duda, alcanzando ya a fines del siglo XVIII el limite meridional actual.

 Las razones por las que la dirección del crecimiento se dirigiera hacia el sur, hacia donde el espacio se va reduciendo, nos parecen claras. Por un lado, los enlaces entre la villa y el camino real marcaban ya unos ciertos límites prácticos de comunicabilidad, limites situados en los puentes de “Los Atrancos” y del “Pontón”. La alternativa al camino exterior permitiría de esta manera atravesar toda la villa, de norte a sur, penetrando por la calle Ribera y continuando por la Real para retomar el camino real por el arranque de la cuesta de Sangrices. 

La ocupación del área situada entre el puente de “Los Atrancos” y el río, al norte del límite actual del área construida, se vería dificultada por la proximidad del río, el riesgo de crecidas y el relativo alejamiento del núcleo central de la villa, esto es, el área en torno a la Iglesia, trasladada a su emplazamiento actual en la segunda mitad del siglo XVI. Además, la expansión en tal dirección hubiera restringido las posibilidades agrícolas de los mejores y más amplios terrazgos en un territorio escaso en superficie adecuada para los cultivos. 

La construcción, mediado el siglo XVIII, del Puente Viejo consolida definitivamente el eje centro-sur como área urbana más favorecida por el tráfico de paso y las activida­des vinculadas a tal función. La posible expansión en dirección opuesta hubiera su puesto alejarse del eje viario principal, con una cierta marginación para las activida­des vinculadas a tal función carreteril caso de emplazarías fuera del eje citado. 

La abundancia de solares libres de toda construcción indica la escasa necesidad de ampliar la superficie edificada en el recinto urbano. En caso de haberse precisado ampliarlo, posiblemente se hubiera preferido llevarlo a efecto al oeste del eje centro-sur, entre la calle Arena y las primeras laderas del oeste. 

Cuando, a lo largo del siglo XIX. los vecinos de Lanestosa vinculados, sobretodo, a indianos, levanten nuevas edificaciones, lejos de hacerlo como ampliación de la trama ya diseñada y en lugar de llenar los espacios intersticiales existentes, se fijarán en la carretera a Laredo como emplazamiento preferido. El crecimiento será, por tanto, lineal y en la margen derecha del río, en contraposición a lo habitual hasta tales fechas. 

Resumiendo: a pesar de un buen emplazamiento, el espacio apto para la consoli­dación de un pequeño núcleo ordenado en ejes norte-sur y este-oeste y que hubiera posibilitado la conformación de un núcleo urbano denso y la ocupación de la trama diseñada por la red viaria, la atonía demográfica y los intereses vinculados a los mun­dos agrario y del transporte dificultan la consolidación de un espacio urbano ordenado racionalmente, no obstante el trazado de los viales principales. La ausencia de un cierre en el sector norte, similar al existente en el sur y conformado por la convergencia de las tres calles longitudinales, no parece haberse realizado nunca. Así, el plano de Lanestosa queda inconcluso tanto en la forma como en su ocupación. 

Con todo, la configuración actual de la villa muestra una estructura dual: por un lado, el casco urbano, en la orilla izquierda del río, organizado en planta longitudinal de tres calles paralelas que confluyen al Sur en la carretera que se dirige al Puerto de los Tornos. Por otro, el ensanche del siglo XIX. en la orilla derecha del río, desarrollado siguiendo el eje de la carretera a Ramales. Prácticamente, todo el hábitat de Lanestosa se reduce a estos dos conjuntos, y solamente unas pocas edificaciones a lo largo de la carretera, aguas arriba y abajo de la villa, rompen con la continuidad urbana represen­tada por ambos sectores. 

El casco de la villa muestra una estructura racionalmente dispuesta y que, a juzgar por sus calles, repite modelos bajomedievales habituales en otras villas vizcainas (Durango, Markina y, en menor medida, Elorrio), que la escasa dinámica de la pobla­ción ha impedido completar. Tres calles paralelas entre sí y al río, cortadas transversal­mente, de este a oeste, por otras tres y que configuran un mosaico de desigual nivel de ocupación. La central de las transversales, verdadero aunque mínimo eje de la vida ciu­dadana, articula el casco con el ensanche del siglo XIX mediante el Puente Nuevo, tal como la calle José Antonio de Agirre (antes Ribera) lo hacía mediante el Puente Viejo. Sólo esta última escapa al trazado ortogonal de la planta, empalmando diagonalmente el Puente de los Atrancos con la Plaza Nueva, Iglesia y calle Arena. 

La calle Fuente, central de las transversales y la principal de la Villa, divide el casco en dos mitades: la septentrional, de hábitat menos denso, concentrado prácticamente en las calles José Antonio de Agirre, Correo e inicio de Huertas, presenta numerosos solares libres de edificación. La continuidad del espacio construido se va interrum­piendo a medida que avanza hacia el norte, para culminar en sus límites con apenas una docena de viviendas unifamiliares de carácter rural, repetidas en el barrio de Lamo aunque con menor intensidad. El sector meridional, por el contrario, ha sido ocupado con mayor intensidad hasta su cierre, por confluencia de los tres calles longitudinales en el extremo sur. En este aspecto la diferencia con la mitad septentrional es, desde el punto de vista de diseño urbano, notable. Frente a lo apertura de horizontes del sector norte, el sur se cierra y constriñe sobre sí mismo como resultado de cierto determinismo topográfico.

 Todo el oeste del casco, más allá de la calle Mirabueno, permanece deshabitado. Salvo algunos edificios aislados y en ruinas incluso, este sector no parece haber servido de asentamiento de viviendas durante la larga historia de Lanestosa. Solamente un edi­ficio de corte palaciego, que cierra la perspectiva de la calle Fuente por el oeste, intro­duce un cierto intento de urbanización, cortado de raíz posiblemente debido a la presencia del mismo y de su huerta posterior.

 En los últimos años, algunas pequeñas actuaciones puntuales merecen desta­carse: la primera de ellas la urbanización de la Plaza Nueva, a espaldas de la Iglesia, espacio abierto y bien integrado en el entorno inmediato, que posibilito lo ampliación del área preferida para lo convivencia vecinal. Lo segunda, menos aparente pero tal vez mejor lograda, ha supuesto el enconchado de sus calles secundarias y la mejora de lo red de alcantarillado. Lo construcción de las piscinas municipales al sur del casco, y aprovechando una ruptura de pendiente del río, es la tercera actuación digna de resaltar. 

Con todo, el análisis de lo trama urbana del casco debe tener en cuenta un elemento que condiciona a primera vista el impacto visual de la misma, singularmente desde lo carretera de acceso desde Sangrices. La presencia, entre edificio y edificio, de muros de respetable altura conformando los calles acentúa la sensación de continuidad urbana erigiendo a los muros en elemento dominante de lo arquitectura. 

Cabe, con todo distinguir entre dos tipos de muros: los del sector meridional del casco, más recios y elevados que los del septentrional y que señalan quizá una voluntad de aislamiento e intimismo por parte de los habitantes de los edificios colindantes, una búsqueda de intimidad y reserva para la ampliación, al exterior, del espacio habitado, vivienda y huerta contigua. Y unida tal voluntad a la abundancia de piedra en el lugar y al canto rodado que el río deparaba, la solución era factible y hasta económica. Así, la trama urbana la componen viviendas y huertas adosadas, en pertecta alineación de muros y fachadas y que, a pesar de encerrar espacios agrarios en su recinto, contribu­yen a crear impacto de carácter urbano por su altura, en contraste con muretes de escasa entidad que introducen variaciones de carácter marcadamente rural. 

A pesar de lo escasa densidad de la trama urbana en conjunto, la apariencia lograda por la continuidad espacial de fachadas y muros permite al casco de Lanestosa aparecer como una pequeña ciudad de carácter medieval. 

El ensanche en cambio, reviste una tipología absolutamente diferente. Se trata de un crecimiento lineal a lo largo de la carretera a Ramales, conseguido a base de edificaciones de diverso porte e importancia, pertectamente alineados, aislados entre sí, sin muros que cierren el espaciado, y con huerta adosada a la fachada posterior. La regula­ridad de las alturas contrasta con lo heterogeneidad relativa de las del casco y confieren a lo margen derecha de la citada carretera un aire de cierto “stading” que, sin duda, debio disfrutar hasta bien entrada la primero mitad del siglo XX. El sector izquierdo, por el contrario, ofrece un porte, en conjunto, de inferior calidad, tanto por la menor conti­nuidad del espacio construido como por la heterogeneidad y diversidad funcional de sus edificaciones, hecho al que lo propia orientación de las fachadas principales hacia el este no resulta ajeno.