Semana
Santa
Ha
sido tradicional el rememorar, el Jueves y Viernes Santo, la Pasión de Cristo.
Se escenificaban las procesiones de “La Caída” y “El Santo Entierro”,
desapareciendo con el paso del tiempo, pues se dejaron de celebrar a principios
de la década de los años 50.
El
Jueves Santa, por la mañana, los habitantes de Lanestosa, y de una forma totalmente
desinteresada, escenificaban “La Caída”, siendo jóvenes la mayoría de las
personas elegidos, quienes rememoraban el misterio con ferviente devoción y
arte interpretativo.
Partía
de la iglesia la comitiva formada por los fariseos, dos verdugos y una compañía
de soldados romanos al mando de un capitán y les acompañaba el redoblante, tamborilero
que con los redobles de su tambor, acompañaba el paso durante toda su
representación. Calle de la Arena arriba llegaban al lugar conocido como la
Plazo Martínez, donde la gente se agolpaba para presenciar el prendimiento de
Jesús, lugar en el que estaba situado el huerto de los olivos. Allí Jesús
recibía el beso de Judas para ser detenido por los verdugos.
Al
otro lado de la calle, y enfrente del huerto, se colocaba un pequeño altar,
ante el cual era azotado Jesús y se le colocaba el sayón y la corona de
espinas, entregándosele una caña.
A
escasos metros más abajo le daban la cruz, iniciando la comitiva la marcha a lo
largo de la calle de La Arena, donde acontecía la primera caída.
Se
llegaba a la Plaza de la Constitución, donde salían al encuentro de Jesús,
María, su madre, y Verónica, continuando la representación por la calle de la
Fuente. Pasada la iglesia se producía la segunda caída, momento en que se iba
a buscar al Cirineo, que se encontraba detrás de la iglesia en un huerto, para
que ayudase a Jesús a llevar la cruz. Continuando por la calle de la Fuente se
llegaba hasta el cruce con la carretera a Carranza lugar donde la Verónica
limpiaba el rostro de Jesús.
Regresando
por el recorrido de la Calle de la Fuente anteriormente andada se llegaba
nuevamente a la iglesia, donde se ponía fin a la representación.
En
una capilla de la iglesia se colocaba una urna de cristal con una valiosa imagen
de Cristo que era custodiada por los soldados, montando guardia hasta el
anochecer, relevándose unos o otros.
Era
costumbre que el mismo Jueves Santo, por la tarde, acudiesen al pórtico de la
iglesia las niñas y niños con carracas y matracas. Se celebraba en la iglesia
el oficio religioso de las tinieblas que finalizaba con la acción de apagar, de
una en una, todas las velas, ante la impaciencia y el nerviosismo de las pequeñas,
quedando la iglesia totalmente a oscuras, momento éste en que la chiquillería
hacia sonar las carracas y matracas.
En
la tarde del Viernes Santo se celebraba la procesión del “Santo Entierro”.
Partía de la iglesia el féretro de cristal, en el que se había introducido la
víspera una talla de Cristo, expuesto y custodiado en la capilla, realizando
este desfile procesional un recorrido similar al de la Caída.