Usos del suelo

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Usos del suelo. 

El mapa de usos del suelo de Lanestosa, confeccionado mediante el análisis de pares estreoscópicos de fotografía aérea correspondientes al vuelo de 1983 de la Diputación de Vizcaya, nos permite apreciar la primacía de la superficie destinada a usos ganaderos — prados y cultivos forrajeros— sobre el resto de las formaciones vegetales. En efecto, la exigüidad del término municipal restringe la existencia de prados en las laderas por lo que la vocación ganadera de Lanestosa ha debido desarrollarse sobre el fondo del mismo, disputando el espacio a las tierras cultivadas. 

Los prados y los cultivos forrajeros se localizan, pues, a lo largo del río, separados del mismo por especies propias de vegetación de ribera y sólo en contadas ocasiones se prolongan ladera arriba en la margen izquierda del Calera. Contado, cabe resaltar la dedicación casi exclusiva a los prados aguas arriba de La Ventilla, en la que la estrechez del valle dificulta la posible utilización agrícola del espacio y en la que los prados se ven acompañados minimamente de frutales y pino, con presencia testimonial de frondosas atlánticas.

 Aguas abajo de La Ventilla, el fondo del valle va ganando amplitud, lo que se tra­duce en un incremento de los árboles frutales (Los Puentes), restos más abundantes de bosque atlántico e incluso matorral intercalado entre coníferas de repoblación. La pre­sencia de matorral atlántico en Las Lindes, al pie de la ladera sobre la que se emplaza el barrio carranzano de Sangrices, se repetirá aguas abajo de Lanestosa, poco después de abandonar el área de expansión urbana instalada a lo largo de la carretera a Rama­les. En esta misma área, el matorral mediterráneo de El Polvorín hay que asociarlo a la insolación sobre calizas y al efecto desecador del mismo, fenómeno relativamente fre­cuente en otras muchas áreas del País Vasco Húmedo. 

Pera también en las tierras y espacios mejor acondicionados para la posible utilización agraria la superficie dedicada a ganadería supera, con mucho, a la de tierras culti­vadas, que quedan reducidas a las inmediaciones de las propias viviendas (La Sequilla, Pandillas) y ocupando los espacios cerrados con muro en el interior del recinto urbano. Sólo en el límite septentrional del casco (Las Huertas, Covao) y hacia Entrambosríos el suelo cultivada alcanza cierta continuidad, repetida aguas abajo, en la margen izquierda, con parcelas abiertas a la carretera (Entradillas, La Mata, Las Raizas, Carrera). En este sector septentrional del municipio los restos de bosque atlántica se alojan desde La Lamo hasta los límites con Ramales, disponiéndose en una estrecha franjo que corre pegada a los limites con Soba (El Bosque). En Copenil, el prado vuelve a dominar para desaparecer en Camposanto donde las frondosas compiten con pequeños manchones de pino.

 Resulta de interés contrastar los usos del suelo rural actuales con los de finales de la década de los añas cincuenta. En efecto, la orilla derecha del río en las áreas de Molino del Campo y Casablanca dedicaba a cultivos una mayor extensión que en la actualidad sin que se hubieran aún plantado frutales ni pinos; algo similar ocurría en La Ventilla, donde se podían apreciar algunos ejemplares de frondosas si bien el pino de repoblación había comenzado a sustituir al bosque autóctono en Los Lindes.

 Las tierras cultivadas eran aún relativamente abundantes en La Sequilla, en la mar­gen derecha del río, habiendo desaparecido completamente durante los últimos treinta años y de forma parcial en Pandillas. En cambio, en La Lama y sector norte del casco urbano, se han impuesto las huertas y el labradio, mientras en Entrambosríos la evolu­ción ha sido justamente la inversa y se ha tendido a su desaparición. En Entradillas y La Mies Grande apenas se han producido cambios de interés, mientras los cultivos se han abandonado en Ordillo y reducido en Las Raizas. Finalmente, en Copeñil y Camposanto cabe destaccar la sustitución de matorral por pino y un pequeño incremento de las fron­dosas atlánticas, sin duda por repoblación natural.

 Resumiendo: la evolución de los usos del suelo rural marca una tendencia hacia el abandono del labradio y huerta en los áreas marginales del casco. Paralelamente a este proceso, se amplia la superficie ganadera, con incremento de los prados. La repobla­ción con pino humanizo áreas marginales de matorral en las laderas más inmediatas al fondo del valle. En realidad, la reconversión de labradíos en prados y del monte bajo en pinar es un fenómeno común a toda Vizcaya y Lanestosa no hace más que seguir esta misma tendencia.

Pero no se trata sólo de seguir una tendencia: la orografía inmediata impone sus condiciones a la posible utilización de las laderas como superficie agrícola: en efecto, sus pronunciadas pendientes dificultan el uso tanto de los sistemas tradicionales de laboreo de tierra mediante animales de tiro como el actual con moderna maquinaria. Y no solo el laboreo se vuelve costoso y hasta peligroso al rebasar ciertos limites de pendiente, sino que incluso la siega, el henificado o el enlisado se ven también imposibilitados de resultar mecanizados en tales condiciones. La mecanización de las labores puede establecerse sobre pendientes inferiores al 20 ó 25%, con un tope de hasta el 30% para el mecanizado total del cosechado de forrajes. De ahí que su dedicación sea fundamentalmente como bosque de repoblación y, a lo sumo, pueda ser utilizado por el ganado bajo la modalidad de pasto de diente. 

Con todo, la pérdida de importancia de las tierras labradas en beneficio de las dedi­cadas a praderas es un fenómeno reciente que se ha acelerado en los últimos cincuenta años. Todavía en 1 877, la superficie cultivada era 5,5 veces superior a la de pastos, totalizando 20 hectóreas frente a 3,6. Aunque iría perdiendo importancia poco a poco, todavía en 1 883 las tierras labradas suponían 1 7 hectáreas frente a las 3 de las dedicadas a pastos mientras la superficie no cultivada, el monte totalizaba 77,2 hectáreas, con distintas categorías de ocupación. 

La reducción de los tierras labradas no dejaría de reflejarse en los rendimientos: así, la producción media de maíz descendería de 600 a 450 fanegas mientras debió incre­mentarse la cabaña ganadera: el ganado vacuno pasaría de 36 a 142 cabezas mien­tras el ovino lo haría de 1 53 0295 y el caprino de 66 a 1 54, ocurriendo otro tanto con el ganado de cerda —22 y 41— y el de aves de corral —63 frente a 150 respectivamente—. 

El incremento de ganado vacuno aparejaría consigo el aumento de la producción de abono orgánico, único ante la escasez de montes y la consiguiente dificultad para contar con helecho y hoja: si en 1877 la producción de estiércol se cifraba en 1 50 carros/año en 1883 serían ya 800 los utilizados. Es de suponer que se utilizara tam­bién la argoma de los escasos montes por cuanto los de Las Lindes, La Paredina y Las Arrieras estaban, en la práctica recubiertas de tal especie, y sólo en el de Las Lindes podían pastar la docena escasa de caballos que figuran en las estadísticas del momento. 

A comienzos del siglo XX, en 1906, las tierras de labor suponían aún 20 has. mien­tras el monte doblaba tal superficie. El resto posiblemente estuviera ocupado por pastizales. Mientras tanto, la cabaña ganadera ha sufrido algunas variaciones: se estabilizan el vacuno y ovino, incrementándose ligeramente el caballary descendiendo sensiblemente el caprino y de cerda. 

Tal distribución de tierras procuraba, a juzgar por las estadísticas y con el margen de ocultación notable que cabe suponer, unos modos de vida rayanos en la pura subsistencia: dejando de lado la producción hortícola, destinada al autoconsumo o a la vendeja en el mercado dominical, el ganado vacuno se vendía a los 8/10 años a 0.90 ptas. el kilo. Su piel, a 2.50 ptas. El ovino, porsu parte, se cotizaba a 1 pta/kilo mientras la lana se vendía a 3,47 ptas./kilo. La leche de cabra, con una producción media de 0,30 litros/día por cabeza debía constituir parte de la dieta básica, cotizándose su carne a 0,75 ptas./kilo a los 5 años de edad y a 2 ptas. el kilo de piel. La venta de cabri­tos de tres semanas y 3 ó 4 kilos de peso proporcionaba entre 1,50 y 2 ptas. por unidad. En cuanto al de cerca, se destinaba al autoconsumo a los 8/10 meses de edad, cotizán­dose su carne a 1,40 ó 1,75 ptas./kilo según se tratase de en fresco o salada.

La preparación de las tierras de labor consistía en “sorrir”, layar, abonar con estiér­col orgánico y sembrar con rastras, igualando la tierra con rastrillo y azada. En el caso de cultivar maíz asociado a alubia era necesario aún el “sallar” (entresacar) y “resa­llar” (atar y amontonar), trabajo desempeñado preferentemente por las mujeres, en sus propias tierras y, a jornal, en las de terceros, a razón de 2 ptas. por día de trabajo en campañas de 1 5 a 20 días. La mujer era también la encargada de sacar la patata. 

Mientras la mujer se dedicaba a la huerta, el hombre se ocupaba del ganado: en la práctica, cada casa disponía de una vaca, de raza Tudanca y Larratina fundamental­mente, que se soltaba desde muy joven al monte, en virtud de las Concordias con Soba y Carranza. Por las tardes, el dueño subía al monte para llevar harina de maíz y ordeñar la escasa leche que proporcionaba. Unicamente bajaban a los establos con los primeros fríos de noviembre para volver al monte en marzo. Era frecuente, incluso a comienzos de siglo, el régimen de ”a medias”, en el que la propiedad y la explotación del ganado esta­ban separados y según el cual el dueño tenía derecho al 50% del ternero parido o del importe de su venta.

 Todavía hasta 1936 debieron existir siete rebaños de hasta 100 ovejas cada uno, pero su declive se inicia hacia 1945 para desaparecer a comienzos del decenio de 1980. El área inmediata a las minas de la Sierra de Ubal era la preferida para su pasto, refugiándose en las cabañas durante la temporada de nieves, haciendo, en ocasiones, lo propio el pastor. La leche producida se repartía al 50% entre las crías y la fabricación de queso. Los corderos eran objeto de venta en el propio mercado nestosano de los domingos, bajo la marquesina de la Iglesia Parroquial, junto con frutas (nueces, castañas), alubias, maíz y demás productos de la huerta. 

A mediados del siglo XX, las distancias se van acortando: el incremento de las tierras de labor parece ya notable en 1958, según se desprende del cuadro siguiente: 

Tierras de Labor 

Huertas             10,37 Has

Cereal              28,43 Has

Prados de siega     33,34 Has

TOTAL               72,14 Has

Pastos y monte 

Pastizales          16,32 Has

Pinar               6,52 Has

Monte Bajo          2,23 Has

TOTAL               25,07 Has

De la observación de los datos anteriores destacan una serie de cuestiones: 

·         Casi el 75% de la superficie rural productiva era tierra cultivada, si bien los prados de siega alcanzaban el 46% de la misma.

·         Los pastizales suponían casi el 50% de la superficie ocupada por los prados.

·         La superficie dedicada a la ganadería suponía en conjunto, el 51 % de la superficie rural productiva total de Lanestosa. 

En la actualidad, la cuantificación de los usos del suelo rural vendría a resumirse en el cuadro siguiente:

Cultivos forrajeros                  28 Has

Cereales asociados a leguminosas     8 Has

Patata                               5 Has

Horticultura                         3 Has

TOTAL LABRADO                        44 Has

Prados y pastizales                  36 Has

Monte, matorral                      17 Has

TOTAL NO LABRADO                     36 Has

 Como puede observarse, la superficie total de uso fundamentalmente ganadero, esto es, la dedicada a forrajes y prados supone cuatro veces la dedicada al resto de los cultivos y viene a cubrir el 65% de la superficie rural de Lanestosa, proporción que aún se ve incrementada si se tiene en cuenta el consumo de maíz en verde por parte de la cabaña bovina. 

La producción agrícola, por tanto, se orienta hacia una doble vertiente: la ganadera y el autoconsumo, tal como ocurre en la mayor parte de Vizcaya.