Abonos.
El
abono, por lo general, se echaba después de maquinar con el brabán y antes de
pasar el rastro; otros, por el contrario, lo hacían antes de “brabanear”.
El abono no era otro que el estiércol de ganado mezclado con el rozo (hierba
bajo del monte). Antaño, las cuadras carecían de hacil y la basura del ganado
no se sacaba a diario, sino que se echaba el rozo encima para sanear la cuadra.
Una vez que la cama tenía una altura aproximadamente de medio metro, llegando
en ocasiones a sobrepasar el pesebre, se sacaba fuera de las cuadras para
esparcerlo por las fincas. A este respecto se recogen en las Ordenanzas
Municipales: “El estiércol o basura de las cuadras de las casas que estén
sitas en las calles de la Plaza, Correo, Fuente, Laredo, Rivera, Arena, Real, Gómez
Caballero y Huertas, se sacarán para ser conducidas antes de las nueve en
invierno, y de las ocho en verano, e inmediatamente recogerán, barrerán y
regarán lo que quedase y ensuciasen en la vía pública” (3).
Para
abonar las huertas, en algunas ocasiones, se echaba cal, abono mineral. El que
no se frecuentase esta clase de abono, se debía a que el calero era particular
procediendo su propietario a la venta de la cal que, por su precio, los vecinos
desechaban su uso.
Para
la preparación del calero se buscaba un terreno con una ligera pendiente y se
hacía uno excavación de forma cilíndrica, de tres a cuatro metros de
profundidad, con un diámetro aproximado de tres metros, terminada ésta se
colocaba piedra caliza dejando un hueco en el fondo. Allí, por una entrada en
la parte baja de la excavación (la boca) se introducía leña, generalmente árgomas
y berezo, prendiéndole fuego. Se mantenía el calero encendido durante varios días
(día y noche), hasta que la piedra se calcinaba.
Hecha
la cal, el propietario la recogía y almacenaba, viniendo a comprarla a la Villa
vecinos de los pueblos colindantes que la transportaban en carros.
Por
lo general, la cal se usaba más para las obras de construcción que paro el
abono de las tierras.