Cuevas sepulcrales

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Cuevas sepulcrales 

Para conocer un poco más los costumbres funerarias de la población que se asienta en torno a Lanestosa vamos, en primer lugar, a exponer los elementos básicos que reúne el culto a los muertos en el interior de cuevas naturales, elementos parlo demás comunes al resto de Vizcaya y a otros pueblos europeos. 

Habitualmente el tipo de cueva que se escoge para efectuar los enterramientos es de pequeñas dimensiones y de boca estrecha como se constato en Tarrerón, Las Pajucas (Fig. 1, nº 23) o Cuestalaviga (Fig. 1, nº 24); sin embargo, en otros lugares se utili­zan con idéntica finalidad otras más amplias y espaciosas, pero cuando esto ocurre, generalmente se elige dentro de ellas una zona muy localizada, buscando siempre espacios reducidos: gateras y repisas. Además tanto Tarrerón como Las Pajucas y tam­bién la cercana cueva de Venta Laperra D (Fig. 1, nº 35) han servido en etapas anteriores como lugares de habitación. 

En cuanto al ritual funerario sabemos que los cadáveres no se sepultan sino simplemente se depositan en superficie y allí son abandonados, al parecer, sin más preocupaciones. Sólo se conocen en el País Vasco dos cuevas, ambas en Vizcaya, donde se ha practicado una modificación artificial del suelo: Ereñuko Arizti (Ereño) y Albiztey (Abadiño). En ellas para depositar los cadáveres se había efectuado, previamente, un rehun­dimento sobre los sedimentos de la base del nivel, creando de modo muy sencillo una especie de fosa (Apellániz, 1974). 

Se utiliza preferentemente la inhumación aunque en Las Pajucas se han recogido una serie de fragmentos de huesos que presentan huellas evidentes de cremación. Parece ser que aquí, en Lanestosa, coexisten los dos ritos funerarios al igual que ocurre en otras zonas del Pais Vasco, si exceptuamos de momento a Guipúzcoa que, por ahora, conoce exclusivamente la inhumación. Según un estudio realizado por Armen­dariz y Etxeberria (1983) se han encontrado un número pequeño de huesos quemados pero este hecho lo atribuyen a causas accidentales, por ejemplo a lo presencia de fuegos próximos. 

El ajuar funerario que acompaña a los muertos en Cuestalaviga es meramente simbólico y se reduce a 6 fragmentos de cerámica y una hoja de silex (Apellániz, Nolte, 1979). En cambio, los otros dos conjuntos están integrados por piezas más variadas y diversas que nos permiten establecer el momento cronológico en el que se realizaron las inhumaciones: los materiales de Los Pajucas encajarían bien en un Eneolítico arcaico (Apellániz, Nolte, 1 967) mientras que los de Tarrerón están más relacionados con una fase tardía de la Edad del Bronce, según se deduce de la inclusión entre las ofrendas de una cuenta metálica. 

En general, la cerámica se limita a uno serie fundamental de formas que se repiten invariablemente, como los grandes vasos troncocónicos y ovoides de Las Pajucas (Foto 4). La decoración más frecuente es la de impresiones de uñas unas veces sobre verdu­gones (Fofo 6) y otras sobre ¡a totalidad del vaso (Foto 7); a menudo se suele aplicar una fina capa de arcilla en la superficie de la vasija que, al secarse, se vuelve rugosa y muestra, en ocasiones, la huella del paso de dedos. También de Las Pajucas es un gran vaso con el borde muy grueso decorado con verdugón realzado e impresiones digitales irregulares (Foto 8). 

En cuanto a la industria lítica nos encontramos con piezas de reducido tamaño: 1 segmento de círculo, 1 hojita curva retocada (Foto nº 9), 1 microrraspador en Tarrerón, 2 triángulos escalenos en Las Pajucas (Foto nº 10), relacionables con etapas epipa­leoliticas. Esto es algo no habitual en el resto de las cuevas sepulcrales vizcainas donde predominan los útiles de silex que recuerdan momentos paleolíticos. Ahora bien, no olvidemos que en Tarrerón la ocupación más antigua de la cueva está precisamente unida a la fase terminal del epipaleolítico. 

Poco se puede decir de los objetos de adorno que suelen ser normalmente cuentas de collar o colgantes fabricados en hueso, piedras diversas y azabache. Sólo encontra­mos en la cueva de Tarrerón una mínima representación de los elementos ornamentales: una cuenta cilíndrica de hueso (Foto 11) y otra metálica en forma de tonelete. 

Por ultimo como resumen ya modo de conclusión señalemos que lo más llamativo de los ajuares sepulcrales es, salvo determinadas piezas excepcionales, su extremada pobreza y el número reducido de objetos que contienen. Ya hemos visto la relativa uniformidad de su cerámica; material que admite una inmensa variedad de formas, decoraciones, y pueden ser magníficos testimonios de las peculiaridades de los grupos culturales que ocupan un territorio, además de un punto de referencia muy valioso en cuanto a cronología. 

Probablemente esta característica, común a toda Vizcaya, sea un reflejo de las condiciones y modos de vida de la población contemporánea a estos rituales.