El epipaleolítico

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EL EPIPALEOLITICO 

Las culturas paleolíticas van a dejar paso sin solución de continuidad a las epipaleoliticas que representan la fase intermedia entre las últimas civilizaciones de los grandes cazadores y la instalación en el País de los primeros pastores. 

En estos momentos, hacia el 8.700 a.C., tiene lugar el retroceso definitivo del frente glaciar, retroceso que ya venía anunciado desde el Magdaleniense VI (final del Paleolítico). Las condiciones climáticas van dulcificándose lo que supone variaciones paulati­rías en el medio ambiente y, por tanto, en el paisaje vegetal. Su consecuencia más inmediata es el desplazamiento hacia el norte de la “Gran Fauna”. En Vizcaya se cons­tata la desaparición de unía especie ártica, el reno, presente en nuestro territorio antes del 35.000 a.C. (cueva de Axlor. Dima). 

Desde ahora la dieta de la población se basa en animales características de tiem­pos más templados; en concreto, en la cueva de Arenaza . situada dentro de las Encartaciones, domina el ciervo, el corzo y el jabalí, especies que además señalan un avance claro del bosque. También en la zona oriental vizcaina, en Santimamiñe, aumenta el corzo y el jabalí aunque disminuye considerablemente la cabra y el sarria. Por el contrario, según los datos aportados por una reciente tesis doctoral (Castaños, 1986), los restos de fauna recogidas en cuevas próximas al núcleo de Lanestosa (Venta Laperra) nos muestra una población especializada, desde períodos precedentes, en la caza de la cabra montés, situación que prevalece en tiempos postglaciares y que, quizá, encuentra explicación en las condiciones tan favorables que reunen los escarpes rocosos del Pico Mirón tanto para el hábitat de los cápridos como para su captura. 

La economía se sigue apoyando en el aprovechamiento de los recursos naturales aunque junto a las tradicionales actividades de caza y recolección de vegetales entra a jugar un papel importante la explotación intensiva del mar, sobretodo en los establecimientos situados en el sector costero. 

Sin embargo, no es raro encontrar desde finales del paleolítico y en ocupaciones más interiores rastras de conchas marinas, precisamente cuando la línea de costa estaba alejada de la actual unos 1 2 km. Nos referimos a Erralla, cueva situada a 40 metros por encima del río Alzolaras, en el término municipal de Cestona (Guipúzcoa), y cuyos habitantes en el magdaleniense inferior debían recorrer aproximadamente 25 km. para alcanzar el mar (Altuna, Baldeón, Mariezkurrena, 1985). 

Un caso similar, pero ahora dentro de la etapa que nos ocupayen el área de Lanestosa, lo encontramos en lo cueva de Tarrerón (Fig. 1, nº 21) que dista, en línea recta, unos 20 km. del litoral. De todos modos no debemos olvidar que el acceso al mar para estas gentes no debía ser excesivamente complicado sino todo lo contrario ya que las cuencas de los ríos constituyen parsi mismas excelentes vías de comunicación. Así, en Tarrerón, vemos asentado a un reducido grupo humano que para la recogida de moluscos marinos efectúa periódicos desplazamientos interiorcosta; desplazamientos que se verían notablemente facilitados si, como es probable, los realizaban siguiendo el curso del Calera hasta llegar al Asón y desde él salían al mar a la altura de Treto. 

En estos tiempos tardiglaciares el territorio de Lanestosa lo encontramos íntima­mente relacionado con la cultura que se desarrolla en lo fase final del Epipaleolítico en el País Vasco Meridional. Ahora bien, antes de definir estos momentos finales, presentes en Tarrerón, vamos a establecer el proceso de evolución del Epipaleolitico ya sistematizar, siquiera someramente, los diversas culturas que tradicionalmente se agrupan bojo este epígrafe. 

Una primera etapa está representada por el Aziliense, industria bien conocida en toda lo cornisa Cantábrica, que normalmente se superpone directamente sobre los niveles del último magdaleniense. En Vizcaya su presencia se detecta tanto en cuevas que han sido utilizadas ampliamente por el hombre prehistórico para establecerse en ellas de un modo duradero, Arenaza I, como en abrigos bajo roca habitados más espo­rádicamente. Precisamente en este sentido, en 1982, se ha iniciado la excavación de un yacimiento típico de recolectores de marisco en la cueva de Santa Catalina (Lekeitio), situada en un acantilado sobre el mor. El nivel superficial ha proporcionado un conjunto de materiales realizados en silex y, en menor medida, en hueso que puede adscribirse culturalmente a un epipaleolitico antiguo, que bien podría tratarse de un aziliense (Berganza, 1983). 

Posteriormente se acentúa lo tendencia generalizada al microlitismo —que ya había sido anunciado por una serie de útiles detallo reducida del magdaleniense— y se pasa seguidamente al pleno desarrollo de los microlitos geométricos (segmentos de circulo, trapezios, triángulos, etc.). Es ahora, en estos precisos instantes, donde cabe encuadrar a la anteriormente mencionada cueva de Tarrerón. El yacimiento, excavado en 1968 por uno de nosotros y Ernesto Nolte (Apellániz, Nolte, 1979), cuenta con una escasa industria lítica entre la que se encuentra un segmento de circulo que nos remite a complejos industriales relacionados con el Tardenoisiense francés, caracterizado casi exclusivamente por microlitos de forma geométrica (Foto nº 3). 

Estrechamente vinculado con Tarrerón se encuentra sobre todo Kobeaga II (Ispaster), donde, además de ratificarse los elementos básicos de esta fase terminal epipaleolítica, sus habitantes han entrado en contacto con los nuevas técnicas neolíticas. 

En contraste, según los datos aportados por diversos estudios y en especial por lo obra de González Morales (1982), los grupos humanos que se establecen en el litoral cantábrico, desde el occidente de Santander hasta la zona oriental de Asturias, desarro­llan, después del Aziliense, una cultura propia — el Asturiense— que nada tiene que ver con la del País Vasco. 

A pesar de llevar a cabo actividades semejantes de explotación del medio, patente en los depósitos de conchas localizados en las cuevas que habitan, y de su indudable contemporaneidad, conocen marcadas diferencias sobre todo en lo referente a las evidencias materiales. De un modo genérico se caracterizan por el dominio del utillaje macrolítico sobre cantos de cuarcita (picos asturienses, choppers), siendo extremadamente escasos los útiles tallados sobre lascas y los productos de talla en forma de hojas u hojitas de silex, contrariamente a lo que sucede en Tarrerón donde resulta evidente la importancia proporcional de estos últimos, casi un 31 %, en relación con el total de los restos de talla.