El mundo funerario

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Cuevas sepulcrales
Monumentos

 

El mundo funerario 

Cuando llegamos a los documentos arqueológicos que nos informan sobre las tradiciones funerarias del hombre prehistórico y sobre el modo en que se ocupó de sus muertos, el panorama se transforma: Lanestosa conoce una notable concentración de monumentos megalíticos y de cuevas sepulcrales que perfilan claramente los límites de su territorio. 

El culto a los muertos se conoce en Europa desde épocas anteriores, Paleolítico Medio, si bien es ahora, en el Neolítico, algo más tarde en Vizcaya (Eneolítico), cuando se difunde lo costumbre de enterrarlos de forma colectiva, costumbre que en algunos casos llegará hasta las primeras edades históricas. 

Para ello unas veces utilizan cuevas con características bien definidas: generalmente pequeñas cavidades poco aptas para el hábitat, aunque en ocasiones se sirven con idéntica finalidad de cuevas más amplias. Otras veces depositan los cadáveres bajo arquitecturas funerarias al aire libre denominados “monumentos megalíticos” y que pueden ser dólmenes, que normalmente conservan el túmulos que los recubre, o bien simples tumulos construidos con piedras y tierra dentro de los cuales se realiza el depósito funerario. 

A lo hora de realizar los enterramientos la población que habita en este valle, o en lugares cercanos a él, eligen cualquiera de los dos modelos que, sin embargo, se distri­buyen espacialmente en ámbitos geográficos bien distintos (Fig. 1): 

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Las cuevas de Las Pajucas, Cuestalaviga y Tarrerón, y algo más alejadas del núcleo de Lanestosa, Aer (1) y Venta Laperra D (denominada también El Polvorín), se sitúan en laderas rocosas próximas al fondo del valle. 

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Los monumentos megalíticos de La Calera, El Fuerte, El Fuerte 2, Ubal, Fuentellano 1 y 2, La Cabaña 1,2,3 y 4, El Murc, Bernia 1,2,3 y 4, Cotobasero 1 y 2, Bernalta 1 y 2; todos ellos situados en las cumbres y collados de la alineación montañosa que de lo Peña El Moro se dirige hacia el monte Bernalta, desde donde se domina el estrecho corredor por donde discurre el río Calera. Todavía falta por prospectar la estribación paralela a la anterior, entre las cuencas del Gándara y el Calera, en la que, de momento se ha localizado un único documento: La Tejera (Gorrochategui, Yarritu, 1980). 

Por ahora desconocemos si la adopción de uno u otro modelo en los ritos relacionados con la muerte responden a diferencias reales dentro de lo comunidad. Recordemos que las referencias a cuevas sepulcrales se remontan a tiempos paleolíticos mientras que las primeras construcciones en piedra destinadas a los difuntos aparecen en estas etapas y seguramente responden a valores distintos dentro de su complejo mundo de creencias. Lo idea misma de levantar estas estructuras de carácter monumental sugieren lo posibilidad de haber sido erejidas no sólo con la finalidad de enterrar a sus muertos sino también con la intención de “recordarlos”. 

Ahora bien, la falta de excavaciones sistemáticas y sobre todo los insuficientes testimonios de su cultura material no nos permiten analizar los diferencias o las características comunes que guardan ambos conjuntos y obtener de el las respuestas válidas a las interrogantes que hoy se plantean.