Ganaderia

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GANADERÍA 

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Ganado vacuno

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La oveja

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El cerdo

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Las abejas

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Las alimañas

Queda ya patente esta actividad, a lo largo de los años, con los continuos pleitos que, tanto con Carranza como con Soba, los moradores de la Villa han mantenido con estos Valles vecinos. Estos pleitos se iniciaron, con el correr de los tiempos, para perpetuar su legitimo derecho al uso y disfrute de los terrenos mancomunados con ambos Valles, según concordias confirmadas en el año 1533. 

Ganado vacuno 

Es precisamente esta clase de ganado el que mayoritariamente se cría actualmente en las cuadras. 

La denominación, según la edad y el sexo es la siguiente: las hembras, que representan el mayor número de cabezas en el censo, desde que nacen hasta cumplir los seis meses son becerras. Se conocen también con los nombres de terneras y txalas respectivamente. A partir de los seis meses pasan a ser novillas, nombre este que mantienen hasta cumplir los dos años, a partir de esta edad pasan a ser vacas. 

Por su parte los machos, hasta los seis meses, son becerros, conocidos también como terneros. El becerro, al año de su nacimiento, ya es toro. Ya no abundan debido, en parte, al empleo actual de la inseminación artificial efectuada por el veterinario titular de la Villa. Antaño, su cría, era esencial dado que la mayoría de los vecinos cubrían (echar el toro) sus propias vacas. 

El alimento habitual en las cuadras es la hierba. En verde, durante las estaciones de primavera, verano y otoño; seco, en el invierno. Se complementa este alimento en los meses de otoño e invierno con el maíz y los nabos respectivamente. Durante todos los días del año es usual el empleo de los piensos. 

El ganado se saca a pacer los prados casi todos los días del año, excepción hecha en aquellos casos, en que tanto el frío como el calor son extremos. En el verano, se lleva por las noches, después del segundo ordeño, para recogerlo con las primeras luces del alba. El resto de los días se les lleva desde media mañana, cuando ya han sido ordeñadas por vez primera, hasta las primeras horas de lo tarde. 

Hoy día, no es costumbre el echar el ganado al monte tal como años atrás se hacia. Los pastos comunales ya apenas existen como consecuencia de la cantidad de cierros efectuados a partir de los años 40. 

Antaño, en que el monte comunal ocupaba una mayor extensión, se echaba al monte todo el ganado, aproximadamente nueve meses al año, desde marzo a octubre. Las partes bajas de las casas que, por entonces no estaban preparadas, hacían las veces de cuadras, cuando se bajaba el ganado durante los tres meses de invierno. 

Todos los días, a media tarde, se subía con la marmita, recipiente metálico con capacidad para 2 ó 5 litros, donde portaban medio o un kilo de harina de maíz que se echaba a las vacas, como pienso, para ordeñarlas mientras lo comían. La leche se bajaba en la marmita. 

Cada vecino tenía dos o tres vacas, que en muchos casos eran a medias con otro, la llamada aparcería. La raza por entonces predominante era la “ratina” (pardo-alpino), de un solo color, muy dura, pues aguantaba bien en el monte. 

A lo largo de los años, la raza ratina se ha visto sustituida por la frisona (holandesa), con el consecuente incremento en la producción de leche, hasta convertirse actualmente en la base económica familiar. 

Era habitual el empleo de esta clase de ganado en las labores agrícolas, si bien eran los bueyes quienes por lo general realizaban esta clase de trabajos. Se uncían las yuntas con el yugo. Se utilizaban, indistintamente, dos clases de yugo, el montañés y el viz­caíno, éste último de medidas un poco superiores. Por lo general los yugos procedían de lugares próximos a Lanestosa, sin embargo también éstos se fabricaban en la Villa, o manos de Vicente Palacio, popularmente conocido como el “Fosco”. 

Hasta los años 60, estuvo vigente “la Contrata”. Consistía en reunir, una vez al mes, todo el ganado para que los tres tasadores, que pertenecían a la Hermandad, procediesen a valorar las vacas. Cuando una vaca se moría, entre todos los vecinos abonaban o su propietario el 80% del valor de la misma. 

La Hermandad estaba regida por un presidente que era el encargado de llevar las cuentas. 

La oveja 

En Lanestosa sólo queda en la actualidad un rebaño, de aproximadamente 30 ovejas, si bien, hasta hace unos treinta años, la mayoría de las familias se dedicaban al pastoreo. 

Antaño, en que la mayoría de los vecinos tenían como mínimo media docena de ovejas, se echaban todos los rebaños al monte, a los terrenos mancomunados con Carranza (Alto Ubal) y con Soba (La Mortero). 

En estos pasturajes estaban desde marzo a octubre. Cada pastor cuidaba su reboño y subían a verlos todos los días. En los meses de verano no se subía a diario, haciéndolo cada tres o cuatro dias. 

Durante los meses de invierno, y por regla general, al ser los rebaños pequeños, las ovejas se bajaban a las cuadras de las casas. Los echaban a pastar en las mieses, por la mañana, y los recogían al anochecer. Algunos pastores llevaban sus rebaños a la zona de la Cubilla (Valle de Soba) y a la de Covalanas, a escasos kilómetros de Lanestosa, en el municipio cántabro de Ramales de la Victoria. 

Las rozas predominantes eran la churra y semichurra, que paulatinamente han sido sustituidos por la vasca o carranzana, que en la actualidad es la más habitual en el ya escaso censo ovino. 

Existían en el monte, sólo en la zona mancomunada con el municipio carronzano, corrales para recoger los rebaños durante la noche y así proteger las ovejas de las ali­mañas. Estos eran de forma rectangular y estaban construidos con piedras unos y cár­cava otros. 

Por lo general cada pastor conocía sus ovejas, sin embargo para distinguirlas de otros rebaños se empleaban marcas de propiedad. Estas marcas eran variadas y se hacían mediante cortes en las orejas. Había ocasiones que, en vez de marcarlas en las orejas, se pintaban sobre la lana cruces o cuadrados, empleándose para cada reboño un color de pintura diferente. 

En el monte, para ordeñar las ovejas, cada vecino recogía su rebaño y lo hacia en los corrales. En la zona de la Mortero, se reunían varios rebaños en una hondonada allí existentes y cada pastor ordeñaba sus ovejas. Sólo las ordeñaban por la tarde y la leche recogida se bajaba a casa en la marmita. Cuando el rebaño pastaba en las mieses, las ovejas se ordeñaban dos veces al día, una por lo mañana y la otro al atardecer. 

Parte de la leche recogida se destinaba a la venta, y el resto se empleaba en la fabricación de quesos para el consumo de casa. 

Con la llegado del verano, a finales del mes de junio se realizaba el esquile de las ovejas, para lo que generalmente los pastores se ayudaban unos a otros. 

El día señalado para realizar esta labor se bajaba el reboño a casa. 

Para esquilar las ovejas, reunido el reboño, se sacaban de éste de una en una. Comenzaban pelando lo primero la tripa. Después les amarraban las cuatro patas, cruzando las delanteras con las traseras, y se echaban al suelo para cortar la lana, primero de un lado y después del otro. Algunos pastores, para hacerlo más cómodamente echa­ban las ovejas sobre la cama del carro o de un banco. 

La esquilo se realizaba con tijeras de muelle, labor que mantiene su vigencia en nuestros días. 

Los vellones, sin lavar, los vendían enteros en los comercios de la Villa. La lana, que también se empleaba para casa, se cotizaba mucho, llegándose a pagar, hace aproximadamente cincuenta años, la cantidad de 70 pesetas el kilo. 

El perro que habitualmente empleaba el pastor era “el villano”, adiestrado para las labores de conducir y recoger las ovejas. 

El cerdo 

De siempre ha sido costumbre en las casas nestosanas la cría del cerdo con destino al propio consumo. 

La matanza, que aunque la realizan ya algunos vecinos, por lo general la lleva o cabo el matarife de la Villa. 

Se coge el cerdo, con un gancho de afilada punta y agarre en curva, por la parte baja del morro. Desde el borcil, tirando del cerdo con el gancho, ayudado por otros personas, se lleva hasta un banco de madera. Entre varios personas se echa el cerdo sobre el banco para que el matarife le de un corte, oblicuo y profundo, al lado del cuello para desangrarle. La sangre se recoge en un recipiente con destino a la fabricación de las morcillas, que tienen como otro principal ingrediente el arroz. 

Ya desangrado, el cerdo se quita del banco y se le echa sobre unos maderos, colo­cados en el suelo perpendicularmente a éste. Se cubre de helecho seco prendiéndole fuego para quemar el pelo de su piel. Cuando terminaba de arder el helecho se limpiaba el cerdo empleando una escoba vieja. 

La siguiente labor consiste en vaciar el cerdo, sacar los intestinos, para aprovechar aquellos que se emplearán para hacer los chorizos. 

Se deja colgado al fresco toda la noche, para a la mañana siguiente proceder a despedazarlo, sacando los jamones, lomos, costillas, pancetas, etc... 

Esa mismo mañana, se pica y prepara la carne, mezclada con la salsa de pimientos choriceros, destinada a chorizos y que será embutida unos días después. 

En la época de la matanza, la manteca del cerdo se derrite y lo que queda “los mascaros”, se empleo para hacer, mezclándolos con una masa de harina, levadura y azúcar, las sabrosas tortas de mascaros. 

Aunque no tan habitual como años atrás, todavía se acostumbra en la matanza a recibir la ayuda de otros vecinos, a los cuales se les obsequia con la “jijorada”, una morcilla, un hueso y unos pedazos de carne (magra). 

Las abejas 

La apicultura es una actividad complementario que, si bien en otra época ocupó a un gran número de familias, en la actualidad está en retroceso. 

Antaño los cepos (colmenas) se colocaban en los huertos, alejados de las casas. Estos se hacían con troncos huecos de roble y se acondicionaban para recibir el enjambre. 

Cuando un enjambre iba en vuelo se hacía ruido con dos tapas para que se posara. Una vez posado, se ponía un cepo al lado del enjambre y se metían con la mano unas cuantos abejas. Se dejaba el cepo cierto tiempo y el resto del enjambre se introducían en él, cerrándose entonces y llevándolo al lugar elegido. 

Para recoger la miel, labor esta que se conoce como “catar”, si el cepo es de tronco se hace como antaño. Se tira el cepo al suelo y por abajo se insufla, con el fuelle, humo a su interior, para que se marchen las abejas, procediendo a sacar las tastanas en las que se aloja la miel. Esta operación, como igualmente la de recoger un enjambre, con guantes y careta para evitar las picaduras de las abejas. 

Si los cepos son de los que actualmente se compran ya hechos, en forma de cajón. las tástanas (panales) se sacan por arriba, quitando la tapa superior. 

Las alimañas 

Antaño, la presencia de lobos ocasionaba grandes daños en la cabaña nestosana.

A principios de siglo abundaba el lobo en los montes de los Valles de Soba y Carranza, dando lugar a la alarma, en todos los Ayuntamientos de la zona, las constantes correrías de estos dañinos animales que perseguían y mataban el ganado vacuno y lanar para comer. 

Con las nevadas los lobos bajaban a la Villa poniendo en vilo a todos sus habitantes. 

El Ayuntamiento promovía batidas, pagando a los cazadores por la muerte de estos animales. 

La cuadrilla que abatía un lobo, acudía primeramente al Ayuntamiento para recibir su recompenso monetaria y luego recorrían los caseríos y viviendas de la Villa y pueblos vecinos, recibiendo las propinas de los vecinos que tenían ganado en el monte. 

El lobo abatido se transportaba en este recorrido a lomos de un burro. Otros veces se despellejaba el lobo, rellenando su piel con hierba para luego coserlo, transportando en este caso el lobo los propios cazadores. 

A partir de 1936 no se tienen noticias de lobos en Lanestosa.