Retablo Mayor

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Retablo Mayor 

Los viejos inventarios de la iglesia y los fotografías antiguas nos aseguran que el templo nestosano estuvo mejor amueblado en tiempos pasados que en la actualidad. Se mencionan algunos retablos como el del Cristo, el de Nuestra Señora y el de San Francisco. Alguno de ellos ha perdurado hasta bien entrado este siglo, pero se han retirado del culto, como ocurre por todas portes. Algunos de las imágenes que aparecen sueltas e, incluso, reaprovechadas en el retablo mayor, proceden de ellos. Aquí haremos mención de lo más destacado. 

El mueble más importante es el retablo mayor, que ocupa todo el testero de la iglesia. Está conformado por tres calles y tres cuerpos, más bojo el superior, y más ancha la calle principal. Se estructura la arquitectura de la máquina a base de columnas de estrías serpeantes, que flanquean los casos que se cubren alternadamente con frontones redondos y triangulares. 

Los frisos y zócalos de los pisos, los enmarques de los casos, los a letones que a modo de contrafuertes enlazan los das pisos altos, recogen los característicos elemen­tos decorativos del barroco del siglo XVII: roleos, rosáceas, escamas, fruteros, florones, todo ello aplicado a un esquema arquitectónico aún muy afecto a los modelos clasicistas. 

La iconografía no es rica, como no suele serlo en los retablos derivados del clasi­cismo. En el zócalo se representa la Entrego del Rosario a Santo Domingo y los Llagas de San Francisco, únicos relieves del elemento, pues el resto de los figuras son imágenes de bulto. En sus correspondientes casos aparecen en el primer piso San Juan Evangelista y Santiago Peregrino; en el segundo San Pedro sedente, titular, y, flanqueándolo, San Pablo y San Bartolomé. En el ático, San Miguel y San Andrés a los lados de un San Francisco que parece ajeno al retablo; probablemente será reaprovechado del que arriba hemos citado, para el que en 1794 se hacía mesa de altar, y antes, en 1736, se pagaba por su dorado. Respecto del San Bartolomé sabemos que existía una imagen procesional, pues en la citada fecha de 1736 pintaban sus andas Bartolomé de Lom­bera y Francisco de la Piedra. La caso que ocupa seria probablemente paro un calvario. 

El retablo tenía sagrario original, que fue lo primero que se policromó, pero no está al presente y su lugar es ocupado por un relicario moderno y un crucifijo de marfil, bueno, bastante próximo cronológicamente al resto de la máquina. La mesa, desapare­cido, se había realizado en 1794. 

El retablo, en loqueo la estructuro arquitectónica se refiere, se debe al retablista de Limpias Juan de la Deheso Gorgollo, quien daba el finiquito en 1663, fecha, precisa­mente, en la que se concertaba la escultura, cinco bultos, con el escultor de Seña Pedro Alvo. La arquitectura, ya está dicho, debe mucho al clasicismo y la talla es algo retardotana. La composición de los figuras recuerda el romanismo, pero con vestimentas amplias de pliegues duros y rostros escasamente expresivos. Los relieves, que serán los “tableros” que hacia Domingo de la Colina en 1663, son discretos. 

La policromía es un siglo más tardía; la realizaba en 1767 Tomás Sierra, dorador de Isla, si bien del relicario original se ocupaba Juan Pico en 1686. Este, que conocemos por fotografías de comienzos del siglo, ero un magnifico ejemplar clasicista de dos cuerpos prismáticos, rematado arriba en cúpula.