Tipología de las Parcelas

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Tipología de parcelas. 

En función del tamaño, de su emplazamiento y su dedicación se pueden distinguir tres tipos predominantes de parcelas: 

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Las huertas, 

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Las piezas 

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Los cierros. 

Las huertas, que cuando son pequeñas reciben el nombre de “huerto” y el de “solar” los más grandes, son terrenos situados a la orilla de las casas y en el interior de la Villa, generalmente cercadas con pared de piedra. Con respecto a ellas, en las Ordenanzas Municipales de Lanestosa, se especifica: “Los dueños de las huertas, solares y yermos, están obligados a cercarlos con paredes lucidas con mortero y medio metro de altura”(1). 

Su extensión varía considerablemente de unas a otras, representando un amplio abanico que se sitúa entre los 100 m2, la más pequeña, y los 5.000 m2 de la más extensa. Puede considerarse como término medio una superficie próxima a los 1.000 m2. 

La producción se centra en el cultivo de hortalizas (repollos, cebollas, lechugas, pimientos, alubias y patatas). Destaca la alubia, que al igual que antaño, también se siembra en las piezas aprovechando el palitroque del maíz, en sus variedades de Tolosa y Gernika. 

Se denominan piezas a las parcelas, delimitadas con “ielsos”, ilsos o mojones, situadas en una “mies”. La mies es una amplia extensión de terreno llano, situado en los alrededores de la Villa, y en la que gran parte de los vecinos poseían una pieza. Catorce son las mieses que se distribuyen a lo largo y ancho del terreno jurisdiccional de Lanestosa, comprendiéndose su gran extensión entre los 50.000 m2 de a más extensa (la Mies Grande) y los 10.000 m2 de lo más pequeña (La Calera). 

En cuanto a la extensión de las piezas, al igual que en las huertas, ésta ha sido muy variada (de siempre las huertas, por lo general han sido más grandes que las piezas).

En la actualidad, y por término medio, la extensión de la pieza se aproxima a los 500 m2. 

En los últimos cincuenta años, en las piezas se sembraba para el primer corte vallico, hierba forrajera que alcanza de 50 a 60 cms. de altura y que en verde se emplea como alimento para el ganado. El vallico, en algunas ocasiones, era sustituido por la “farusa” (hoja de trébol) que alcanza la misma altura que éste. El segundo corte correspondía al maíz. Era costumbre generalizada el cambiar, cada dos o tres años, la siembra del maíz en las piezas por la de patatas o nabos, en especial estos últimos, pues ablandaban la tierra y la favorecían para volver a sembrar el maíz, hoy día, cultivo predominante en las piezas. 

Los cierros son terrenos de monte roturados para labrantio, cuyo cercado se hacía con muro de piedra o con la cárcava. La cárcava consistía en realizar una zanja rodeando el cierro, normalmente hecha con azada, amontonando la tierra a su alrededor y en su parte interior. Existe una clase de cierros, que por su proximidad a las casas, se les conoce con el nombre de “returas”. 

En su mayoría, los cierros se han hecho después de la guerra civil, y siempre en terreno comunal. Así mismo, han sido numerosos los roturados en el Valle de Carranza (terreno mancomunado). 

Todo aquel vecino de Lanestosa que deseaba hacer un cierro, tenía que solicitar el oportuno permiso del Ayuntamiento nestosano. Concedida la solicitud, que incluía la autorización para poder realizar el traspaso a otro vecino, se hacia el cierro, El beneficiario del mismo tenía que abonar anualmente un impuesto (el canon) al Ayuntamiento, que continuaba siendo el propietario del terreno cerrado. 

Si el cierro se hacía en terreno mancomunado, en este caso, el permiso tenía que ser concedido, tanto por el Ayuntamiento de Lanestosa como por el carranzano. 

Las dimensiones eran variables, pero tenían que ajustarse a las normas municipales, estableciéndose 30.000 m2 como extensión máximo y una mínima de 5.000 m2. 

En los dos primeros años, en tiempos de postguerra y como consecuencia de la falta de productos alimenticios, el cierro se dedicaba a la explotación de la patata. Eran tan productivos que, sólo en estas ocasiones, algunos vecinos procedían a la venta de lo mayor parte de la cosecha. 

Después de los dos años, definitivamente el cierro se convertía en praderío, para lo cual, llegado el otoño, se echaba a voleo “la granuja” (grana de la hierba que se había recogido en seco para alimento del ganado). Esta misma labor se empleaba en aquellas piezas que igualmente se querían convertir en prado, si bien la granuja era sustituida, en ocasiones, por la alfalfa o el trébol, ambas plantas forrajeras.